Foto: © Barry Domínguez

Héctor Perea (Ciudad de México, 1953) ha sido periodista en México y España y es en la actualidad investigador titular del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Ha publicado más de cuarenta libros de narrativa, ensayo y análisis en los campos de la literatura y el arte. En 2020 ganó el Premio Universidad Nacional, en Creación artística y extensión de la cultura; en 2019, el Premio Internacional Alfonso Reyes, y en 2018 el Premio Nacional de Periodismo, por Labor periodística cultural. En 2011 obtuvo la Cátedra Cultura de México por la Universidad de Brown y el FONCA. Becario en 1980-81 del Centro Mexicano de Escritores, hoy es miembro honorífico del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA. También lo fue del Sistema Nacional de Investigadores.

MURMURÓ

para Eduardo Ramos-Izquierdo

Ángela entró al café. El humo del tabaco golpeó directamente sus ojos.  No encontraba a José Luis entre la gente. No estaba allí, como había quedado.

         –¿Vendrá? –murmuró, mientras pensaba: podría haber ido en seguida a la cita pero cuando llegué al parque los niños corrían como cuando yo era chica alrededor del kiosco sin parar gritando que querían más que querían más y la orquesta tocaba piezas muy muy viejas de las que mi mamá cantaba cuando salíamos a pasear al campo o al parque corrían por toda la glorieta gritando “basta tú las tienes basta” y las nubes en la ventisca helaban mis manos y ya no podía tenerlas abiertas porque sentía que los cristales de mis uñas se iban a cuartear y a caer y a caer y a confundir en la nieve y luego para reponerlos en su lugar iba a ser un lío por eso sí por eso mismo y otras cosas me dije “mira Ángela lo mejor es que cierres bien tu abrigo y te enrolles en el cuello el bufandón que te llega hasta los pies y se arrastra por el suelo como lo harían tus dos orejas derretidas si hiciera calor pero como no hace están duras y largas igual que ramas con raspaduras en la piel por el frío y me compre una bolsita de castañas bien asadas calentitas casi negras para tenerlas siempre conmigo apretadas en las bolsas” porque si no me lo hubiera dicho ahora ella la otra Ángela mi amiga y yo estaríamos tiradas en el suelo y seríamos más bien caminos polveados que mujeres polvosas o como sea y montículos de nieve qué importa en fin el caso es que además ni habríamos podido remar en el lago bajo esas nubes volátiles del atardecer derretidas escurridas por el cielo por todo el cielo lleno de manchas densas ya casi de noche nublada sin estrellas ni luna por más que una quisiera pues hay que tomar en cuenta que no había salido todavía no era temprano ni tarde sino esa hora en que da una flojera horrible salir pero si una ya lo hizo pues ni modo qué se le va a hacer si nuestras manos heladas de bronce en el pasto sin fuerza para apretar habrían dejado caer los remos y éstos hundiéndose después de un golpe seco en el cuerpo oscurísimo del agua espesa en lo más hondo y José Luis que me esperaba que nos esperaba porque yo quería presentarle a mi amiga Ángela o no me acuerdo si era ella la que lo conocía en fin que las dos heladas y sin poder volver a la orilla y él en la banca del parque qué desesperación esperándonos para dar una vuelta por la ciudad y ver a la gente ver las tiendas a mí siempre me ha encantado ir con él porque nunca se desespera bueno casi nunca y no le importa que hable yo con mi amiga aunque no la conozca bueno es que a lo mejor no siente aún confianza con ella y cuando la conozca estoy segura estamos seguras de que vamos a ser así normales y a ver las tiendas la juguetería de las muñecas antiguas pequeñitas como mujeres iguales a mujeres pero pequeñitas y chapeadas que jugaban a esconderse unas tras otras unas tras otras y otras y otras y todas iguales pero distintas porque no a todas les gusta jugar a ver la calle donde nosotros tres paseamos casi siempre sobre todo ahora que es invierno y además el camino para el café qué rico con este frío calientito pasábamos frente al aparador íbamos despacio por la calle y la tienda mientras nevaba y las canciones eran muy viejas y tristes y yo quería recordar más de cuando los niños fueron espigas de hielo agitadas por el viento en una esfera de cristal entre mis manos tibias por las castañas y yo volvía la esfera de cabeza para que la nieve soltara su cuerpo del suelo que era ya cielo y cayera de nuevo en el cielo que era ya de piso duro sobre mis manos y los copos se quedan quietos un momento mientras lleno los pulmones de niebla y soplo para que vuelen sin peso derretidos sobre las nubes de castañas pero al fin mis manos están calientes caray si no me hubiera puesto a pensar todo el día en estas cosas caray Ángela “¿tú crees que de veras se haya ido enojado con nosotras?”

         Y en eso estaba ella cuando entró José Luis al café, apenado por no haber ido ese día al parque y para colmo llegar tarde y ya no verlas por ningún lado.

© Barry Domínguez.

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