Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la FCPyS-UNAM y Maestro en Historia del arte- Estudios sobre cine, por la FFyL-UNAM, donde actualmente es doctorante en Historia del arte. Desde 2010 es profesor de Sociología del cine en la FCPyS- UNAM. Como investigador y promotor cultural ha participado en congresos, seminarios, talleres y reuniones nacionales e internacionales. De 2011-2017 fue responsable de Planeación académica de la Cátedra Ingmar Bergman en cine y teatro, UNAM. Ha impartido talleres y cursos para la SEP, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, el Fideicomiso del Centro Histórico, PROCINECDMX, el Colegio de Ciencias y Humanidades-UNAM, el Instituto de Educación Media Superior IEMS-CDMX, Colegio de Bachilleres, el Centro Femenil de Reinserción Social de Santa Martha Acatitla, el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, la Cineteca Nacional, Cultura UNAM y la Filmoteca de la UNAM, entre otros.
Ha escrito libros, ensayos y artículos periodísticos sobre cine, fotografía, lucha libre, cultura urbana y cineclubismo en publicaciones nacionales e internacionales. Entre otros, participó como escritor y editor en Diálogos, miradas y encuentros, Cátedra Ingmar Bergman 2010-2015 (México, UNAM, 2016), entre otros.
 
La Universidad de Guadalajara publicó su libro Manuel González Casanova, pionero del cine universitario (México, 2009) y la Filmoteca de la UNAM ha publicado sus libros Cartas a México, correspondencia de Cesare Zavattini 1954-1988 (México, 2007) y ABCineclub, guía para entusiastas (2016). Su más reciente publicación como coordinador es Atlas del Cineclub, metodologías, estrategias y herramientas (México: PROCINECDMX, 2020).
 
 
 

Horizontes del cineclubismo en la Ciudad de México

En algún cine de otra eternidad

han de pasar ahora esas películas.

Todo en copias rayadas, más bien difusas

hasta que se haga polvo el celuloide.

 

José Emilio Pacheco, CineVerdad[1]

[1] José Emilio Pacheco, Tarde o temprano (México: FCE, 2009) 187

Podemos dirigir la mirada hacia la historia y recorrer los procesos marcados por la participación de jóvenes, estudiantes, militantes, promotores y gestoras culturales, y luego pensar en las posibilidades que se abren en el cineclubismo para nutrir la vida política, educativa y cultural de nuestros días. No es muy abundante la memoria fotográfica de los cineclubes, sin embargo, la documentación de sesiones a partir de los carteles conservados en diversos centros de documentación, permite hacernos una idea de todo ese fenómeno cíclico.

La Ciudad de México ha sido una caja de resonancias del cine como un medio de comunicación colectiva, y entre los salones cinematográficos, hubo un Cinematógrafo Cine-Club (1909-1911) que abrió sus puertas en el Edificio París, para atraer a la élite que gustaba del Film D’art francés en la calle de Cinco de Mayo y las cerró, huyendo entre los partidarios del dictador derrocado Porfirio Díaz. El vocablo cineclub ha florecido aquí en una diversidad de formas y protocolos para alimentar la curiosidad y transformar el entretenimiento en conocimiento. Desde aquel salón cinematográfico que contribuyó con la aparición de la “permanencia voluntaria” y la barra de bebidas, y proyectó las primeras actualidades sobre las Conferencias de paz a orillas del río Bravo en Ciudad Juárez, mucho han aprendido y producido las cinefilias.

Con la llegada de los cines europeos y estadounidenses a nuestras pantallas, el amor por las estrellas y las vanguardias fílmicas en México detonó poemas, críticas y publicaciones que poco a poco, naturalizaron al cine entre los espectáculos y eventos urbanos. Las noticias de los primeros cineclubes y los intentos de las revistas literarias en los años 20, germinaron en las actividades culturales y políticas de grupos y ligas de artistas, pintores y escritores en la siguiente década. La llegada del exilio español se vio antecedida de exposiciones fotográficas, conciertos, eventos y muestras cinematográficas en varias ciudades del país, que en mucho abonaron a conocer la realidad por la que pasaba ese pueblo obligado a dejar su tierra.

En los años 40, en muchos barrios de la Ciudad de México se erigieron palacios cinematográficos y paralelamente surgieron columnas, suplementos, críticas y críticos que periódicamente se adentraban en las historias de la pantalla. Poco a poco, los cinéfilos de las butacas y las páginas, llevaron a otros espacios sus propios deseos de conocer y ampliar lo que la cartelera comercial ofrecía. Los años 50 brillaron por los nuevos cines europeos y una oleada de estudiantes de preparatoria y jóvenes de diversas comunidades (masónica, israelita, de republicanos españoles y otros), impulsaron cineclubes y advirtieron la necesidad de escuelas, archivos, e institutos de cine. Al abrirse los campus universitarios, florecieron cineclubes en esos auditorios y las embajadas e institutos culturales europeos recién asentados, ampliaron las posibilidades de ver los nuevos cines. En los años 60, por primera vez se hizo un hábito el hacer ciclos retrospectivos que permitieron darle una dimensión histórica al popular entretenimiento. Las reseñas, muestras y festivales, se hicieron parte de la agenda cultural de diversas generaciones, instituciones y asociaciones. Asimismo, los carteles de los cineclubes sumaron su imaginación a la creatividad del diseño gráfico de la difusión cultural –contando con el talento y visión de la Imprenta Madero y Vicente Rojo y sus destacados alumnos y colaboradores– y a lo largo de esa década, el cineclubismo universitario supo conjugar la libertad desde lo institucional con imaginación y autonomía a través de coordenadas para la formación de públicos con el Cine Debate Popular, Cineclub Infantil y la serie de los Cuadernos de cine y los Anuarios entre diversas publicaciones, que asimilaron las miradas cinéfilas, convertidas en escrituras didácticas que de forma clara abonaban a la formación del público. Entre los destacados colaboradores de Manuel González Casanova, estuvieron Nancy Cárdenas, Carlos Monsiváis, Emilio García Riera, Francisco Pina, Manuel Michel y otros.

Diversos movimientos sociales alzaron sus banderas con el cine para alimentar y orientar las luchas y en universidades del país vieron surgir y mantenerse cineclubes universitarios. En los años 70 surgieron colectivos, cooperativas y cine móviles, y diversos cineclubes en las periferias y centros culturales, acompañaron las resistencias y sucesivas crisis que hicieron posible el encuentro con los caminos del cine independiente y las voces del cine latinoamericano. El inicio del fin de una época se apreciaba en el deterioro de inmuebles, el desgaste de los materiales fílmicos y el abandono del bienestar en una década de crisis. La crisis de los formatos no venció el ánimo de los cineclubistas que levantaron las pantallas como banderas en lucha. En los años 90 se consumó el fin de ciclo con la irrupción del cine digital, que modificó todos los aspectos del mercado y a la vez que se ampliaron las posibilidades de conocer catálogos, la industria audiovisual también impuso nuevos modelos de propiedad ante la creciente piratería de películas.

En este siglo es apreciable el predominio de la imagen en movimiento. La plena transición al cine digital ha ido introduciendo formatos y plataformas, así como leyes, reglamentos y políticas públicas de incentivo a la producción y la cultura cinematográfica, que acercan las producciones a todos los públicos. A través de festivales, productoras independientes, videotecas públicas y en plataformas en línea, actualmente existen catálogos que ofrecen materiales de forma abierta y formas de acceso a títulos más limitados, que en los últimos años –después de oleadas intermitentes y a través de diversos mecanismos de participación– han atendido demandas de la sociedad en busca de ejercer sus derechos culturales. Hoy en todos los puntos de la ciudad, con personas de todas las edades, los cineclubes forman parte del tejido de actividades culturales y comunitarias, en sesiones presenciales y a distancia, con organismos educativos públicos y privados, del gobierno federal y en las alcaldías, y en colaboración con gobiernos de otros estados o países. Toca a las entidades de difusión, facilitar los atajos para acercar a los públicos a otras formas de relacionarse con los géneros audiovisuales que detonen la oralidad y fomenten la escritura. En tiempos digitales, la curaduría participativa es una realidad a través de múltiples portales y canales en Internet para asomarse a archivos, novedades, rescates de películas y colecciones que forman parte del patrimonio cultural, abriendo la oportunidad para la organización de los públicos para ejercer los derechos culturales, a través de la articulación de personas, gremios, organizaciones y sectores sociales.

El cine-debate es una ventana a otras realidades a partir del diálogo, el juego y el reconocimiento de las subjetividades. Las formas y los protocolos que permiten introducir obras y organizar los diálogos y las retroalimentaciones, pueden mantener la profundidad sin caer en la rigidez y a su vez, pueden ser lúdicos y ligeros sin ser superficiales. Será más rica la ciudadanía que alimente sus miradas con curiosidad y se permita el diálogo y el convivio cotidiano con la diversidad cultural y audiovisual. Entrando a una fase post pandémica, nuevamente brilla la importancia de los convivios presenciales para generar comunidad y estrechar lazos, ampliar referentes, cuestionar inercias y mentalidades a través de las películas y como nunca antes, el público tiene en sus manos la posibilidad de generar lazos, puentes, diálogos y motivos de planeación de actividades culturales, académicas, y de resistencias a través de las imágenes.

 

Texto publicado en el libro Atlas del Cineclub, Tomo 1. Metodologías, estrategias y herramientas. Coordinado por Gabriel Rodríguez.

 

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