Mi Primera comunión

Para Estela Ruiz Milán, por ser tan padre

 

1963 fue diferente. Mi padre, médico que trabajaba incansablemente, decidió hacer una maestría en salud pública. Cursaba sus estudios en las mañanas con resultados notables y además continuaba sus labores en el consultorio durante la tarde y entrada la noche. Un colega suyo, como lo hizo mi papá con él un año antes, se encargó de cubrir su turno matutino en la Secretaría de Salubridad. Mi padre encaneció en esos meses, a los 45 de edad.

     Las hermanas de mi mamá llegaron del norte a nuestra casa, como sucedía cada verano: mi tía Amelia, la mayor, con sus dos hijas jovencitas, de cintura de avispa, crinolinas y collares; mi tía Eva, blanquísima, hermosa y pelirroja madre de cinco varones trajo a los menores, cercanos en edad a mi hermano mayor que tenía 15 años; mi tía Estela, mi madrina de todo, casada pero sin hijos, de cabello oscuro con ondas grandes y tez blanca era menudita, a diferencia de sus hermanas, pero igualmente bella. Todos venían de Tamaulipas, la tierra de mi mamá. En esa ocasión no pudimos hacer los acostumbrados paseos a museos, templos, a Chapultepec, al campo porque nadie del contingente sabía manejar. Mi papá era el que nos llevaba, explicándonos todos los detalles de lo que veíamos con su enorme conocimiento de la ciudad de México, que tanto disfrutábamos. Él no estaba, para culminar su maestría tuvo que hacer un servicio social de tres meses en Los Mochis, Sinaloa. Se sentía mucho su ausencia.

     Yo tenía ya diez años y no había hecho la primera comunión, de modo que mis padres acordaron que sin mi papá presente, pero con toda la familia, finalmente la hiciera. Para ello asistía yo a clases de catecismo, donde no aprendí nada.

     Mi mamá, mis tías, primas, mis dos hermanas y yo fuimos a La Lagunilla a comprar mi vestido. Yo quería algo con muchos holanes, con encaje y crinolina de aro. La opinión de todas se inclinaba a vestidos tipo español, con alforzas grandes en el talle y poco vuelo en la falda. Me parecían insulsos, aburridos. Por fortuna mi tía Estela puso orden para hacer valer mis deseos y volvimos con el atuendo que yo elegí. No la tuvo fácil, pero se impuso por ser la madrina ¡Me hizo tan feliz!

     Empezaron los preparativos. Hacer cientos de tamales para el desayuno del festejo. Los de Tamaulipas son chiquititos, rellenos de carne deshebrada como hilo, guisada con jitomate y especias. Quien quisiera podía colaborar con mi mamá y mis tías, con la condición de no abandonar la cocina en todo el proceso, pues de lo contrario los tamales “salían pintos”, es decir, unos crudos y otros no. Me hicieron un gran pastel decorado como un campo, con coco pintado por ellas de verde y piedritas de chocolate de colores, que bordeaban un río de betún azul. En medio de todo ese trabajo alguien reflexionó: “La niña no se ha confesado”. Así que Prisca, la adorable chica que trabajaba en casa desde hacía algunos años y también norteña, fue la encargada de llevarme a la iglesia de Coyoacán, entonces la más cercana a nuestra casa en la colonia Romero de Terreros.

     Tomamos un camión y en el trayecto de unos quince minutos me fue dando instrucciones.

     El padre te va a decir “Ave María purísima” y tú le contestas “sin pecado concebida”. Luego te va a preguntar ,“¿hace cuánto que no te confiesas?” Y tú le dices “es la primera vez, padre, porque mañana voy a hacer mi primera comunión”. Luego le dices tus pecados, que te va a perdonar, aunque te mandará a rezar unas oraciones antes de irnos de la iglesia. Me dio así la mejor lección de catecismo, quedé perfectamente preparada.

     Ya en el confesionario el sacerdote me empezó a hacer unas preguntas muy raras, “¿has hecho cosas con tu novio? Yo no entendía a qué se refería, pero me resultaba muy vergonzoso. Le contesté que no tenía novio, lo cual el infeliz sabía sin duda de antemano, pues la primera comunión se hace normalmente hacia los siete años. Continuó con sus preguntas refiriéndose a mi cuerpo y preguntándome si no me gustaría sentir… algo que yo no lograba comprender, pero recurría mucho la palabra pájaro. Cuando terminó su perverso juego, de seguro habitual, me dio la absolución y salí del confesionario aterrada, pensando que solo comulgaría al día siguiente porque ya estaba todo preparado, pero que nunca más me sujetaría al mismo tormento. Tenía la certeza de que siempre sería igual, que toda la gente que se confesaba sufría como yo en ese momento. Naturalmente no se lo dije a nadie, pues me quedaba claro que todo el mundo lo sabía y que yo carecía de la fortaleza para volver a enfrentarme a tal situación.

     La alegría que albergaba mi corazón se tornó en una profunda tristeza, consciente de que mi primera comunión sería la única vez en mi vida que recibiría la hostia.

     Construyeron una iglesia en nuestra colonia al cabo de un año. Empezamos a ir a misa los domingos, mi hermana tres años mayor que yo y las vecinas, de entre nueve y catorce. Todas llegaban a confesarse unos treinta minutos antes de la misa en la nueva iglesia a solo dos calles de nuestra casa y todas comulgaban. Yo aparecía justo en punto y decía que había comido algo antes de salir y que podría comulgar ¡Qué dolor ser la única débil que se negaba a afrontar lo que las demás veían con tanta naturalidad! Si me había sentido tan incapaz confesándome con un extraño, peor sería si tuviera que enfrentarme a ese horror con los padres conocidos, Germán y Luis, uno mayor y otro joven, a los que veíamos con respeto y simpatía. No, no quería que ellos, a los que veía en misa y a veces en los alrededores me hicieran esas preguntas tan extrañas, ¡qué pena!

     Nuestra colonia lindaba con un barrio de gente humilde. Los sacerdotes querían darle instrucción religiosa a los niños de esas familias y nos invitaron a formar un grupo de catequistas y un coro. Con el limitado conocimiento que teníamos de lo que se suponía debíamos enseñarle a los pequeños y con nuestras voces sin educación, aceptamos las dos propuestas. Mi renuencia a volverme a confesar me atormentaba, porque el sacerdote se dirigía directamente al coro para darnos la comunión antes que a los demás feligreses y tuve que empezar a mentirle a mi hermana y a las amigas, diciendo cada domingo que yo ya me había confesado en la iglesia de Coyoacán el día anterior. Viví así en pecado mortal y temiendo el castigo divino, que imaginaba sería la muerte de mi papá y luego la mía.

     Las tareas en secundaria, clases de inglés y de francés en las tardes, los entrenamientos de natación consumieron el tiempo que requerían el coro y la catequesis, sin alejarme del asedio de vivir en pecado. Cumplí así diecisiete años. Nunca he entendido bien qué sucedió dentro de mí una tarde, en casa de Luchita, mi mejor amiga de la cuadra y compañera de secundaria y prepa, cuando tomábamos café con su mamá y su hermana mayor recién casada y ella contó que acababa de ir a confesarse. Dijo con gran sentido del humor que el padre le había preguntado si cometía actos impuros y que ella le había respondido: “¡Ay, padre, soy casada!” La mamá de Luchita, con su naricita respingada, rubia y de ojos azules, se rio muchísimo y nos contagió a las tres jóvenes sus carcajadas. En ese instante se acabó mi suplicio y decidí que comulgaría cuando se me antojara, sin confesarme jamás, cual lo hice encantada durante tres décadas.

     Casada ya en últimas nupcias, con un hijo y una hija de mi primer matrimonio y el más pequeño del actual, me atreví por primera vez contarle a alguien mi experiencia en la única confesión de mi vida. Entendía ya perfectamente la perversión que ejerció conmigo aquel malvado y se lo dije a mi esposo, reviviendo el peso del conflicto que me causó durante tantos años su alevosía.

     En aquella época, a través de mi marido, conocí a una gran amiga, Esmeralda, que se convirtió en una hermana más. Compartíamos nuestra profunda fe en Dios, a pesar de ser ella una estricta practicante católica y yo no; el amor por la naturaleza y los animalitos domésticos; el interés por la cocina y la jardinería; el placer de viajar y pasear; nuestros conocimientos de la Biblia, más profundos los de ella que los míos, que me enseñaron mucho y el amor a nuestras familias y a la literatura. Esmeralda era una experta en la virgen de Guadalupe, varias veces la acompañé a dar conferencias sobre el tema, la más memorable a Zacatecas, tierra de mis antepasados paternos. Ella voló de Campeche, donde vivía, a la Ciudad de México para de aquí partir por carretera hacia nuestro destino. La novedad fue que no me di cuenta que los frenos de mi camioneta no estaban en condiciones para hacer ese viaje y no había tiempo para repararlos. Mi esposo estaba estrenando un coche que puso a nuestra disposición como si no se tratara de un vehículo tan especial. Agradecidas aceptamos la oferta, por ser la única alternativa, pero nos sentíamos inseguras de ir solas en un auto que llamaba la atención. Decidí entonces marcar a la policía federal para pedirles recomendaciones. El comandante con el que me comunicaron garantizó que no había el menor problema, agregando que viajáramos de día, lo cual ya estaba planeado. Lo puse a prueba diciéndole que éramos dos cuarentonas fabulosas en un lujoso auto nuevecito. Repitió que emprendiéramos el camino con toda tranquilidad.

–¿Y si una de las dos fuera su esposa diría usted lo mismo?

–Claro que sí.

Lo sujeté entonces a una respuesta más fuerte.

–¿Y si el coche fuera suyo?

–También.

     El sacerdote que había invitado a Esmeralda insistía en venir en autobús a la Ciudad de México para acompañarnos, pero de ninguna manera aceptamos, ¡nos arruinaba horas de conversación deliciosa y de hacer las paradas que quisiéramos! Le pedimos que mejor nos diera su bendición.

     Qué jubiloso trayecto, con salida de casa a las cinco y media de la mañana para evitar el trafico citadino y desayuno en Querétaro. El padre nos llamaba amable, preocupado por nuestro bienestar. Llegamos a comer a Zacatecas, elegimos un hotel frente a la catedral, hicimos un tour por la majestuosa ciudad antigua, después caminamos a la iglesia de Santo Domingo, donde se casaron mis abuelos y desde luego nos quedamos a misa, como lo acostumbraba a diario Esmeralda.

     El encargado del hotel se ofreció muy gentil a estar pendiente del coche que nos pidió dejar directamente frente a la recepción. Aclaró que por ser 20 de noviembre al día siguiente, había que meterlo a un estacionamiento a las 7 de la mañana, por ser orden oficial debido al desfile. Quedé feliz de levantarme temprano y después de guardar el auto caminar por las calles vacías que recorrieran mis abuelos antes de verse obligados a abandonar su casa y su ciudad, solo con lo puesto. Mi abuelo era el gobernador electo, naturalmente por Porfirio Díaz, y al estallar la revolución su destino era el paredón. Antes de entrar al hotel para encontrarme con Esmeralda, me uní emocionada a cantar el Himno Nacional que tocaba una banda de guerra en la Plaza de Armas.

     Después de desayunar nos dirigimos a la pequeña ciudad a unas dos horas, donde era la cita. El padre nos acomodó en una sede de visitas y luego nos llevó a comer a la casa parroquial, grande e impecable, donde vivía el párroco, con una señora que lo atendía. Percibí extraña esa relación. Mis hijos mayores acababan de volver del Camino de Santiago y lo comenté con ellos, en espera de su conocimiento y opinión sobre la peregrinación. No tuve eco. Comimos con ellos y luego nos fuimos a revisar lo que Esmeralda había preparado con enorme cuidado para su exposición, donde me correspondía manejar las imágenes. Guiada por apuntes de una línea se dirigió a la mañana siguiente a un nutrido público, sin la presencia del sacerdote que la invitara, ni del párroco. Comimos donde se pudo y siguió otra sesión en la tarde. En la noche apareció el padre para agradecer el trabajo de Esmeralda y convocar a los presentes a la segunda charla.

     De nuevo, antes de dormir había que revisar lo preparado para el día siguiente. Ella buscó angustiada su guía para dirigirse a los feligreses y no la encontramos en ningún lado, aunque estábamos seguras de haberla visto entre sus papeles al llegar. Me aseguró que sin esas notas no podría continuar su labor. A pesar de que le insistí en que no eran indispensables dada su experiencia, reiteraba que tendría que cancelar. Le llamó al padre con mil disculpas explicándole lo sucedido. Para nuestra sorpresa la respuesta fue que no se preocupara, que si teníamos que regresar a México, el viajaría con nosotros para resolver algunos asuntos. Así fue. La motivación que tenía de sostener conversaciones interesantes las dos con el padre, se desvaneció a los pocos kilómetros, por el interés que tenía él en leer su periódico de deportes.

Ya cerca de la Ciudad de México le pregunté dónde quería que lo dejáramos y la siguiente sorpresa fue que en la Alameda.

— No padre, lo llevamos a donde se vaya a hospedar.

—No es necesario, ahí me voy a ver con unos amigos y me voy a quedar con ellos.

     Esmeralda estaba furiosa, deplorando que durante todo el camino el padre no propusiera pagar ni una caseta ni un peso de gasolina, ni un café.

     En fin, para complacer a Esmeralda la llevé a misa a la Catedral al día siguiente. Llegamos a las 8:45 y ya en nuestro lugar vi en un confesionario a un sacerdote prácticamente idéntico a monseñor Guisar y Valencia, santo mexicano. Sentí que era una señal para confesarme por segunda vez. A Esmeralda le encantó mi iniciativa, pero por la forma en que había que caminar por la Catedral, cuando llegué al confesionario del sacerdote que años después supe que era monseñor Alberto Guisar, sobrino del santo, ya estaba ocupado con otra persona. Pocos pasos adelante vi a otro padre y procedí a la confesión.

–Ave María purísima.

–Sin pecado concebida.

–¿Hace cuánto que no te confiesas, hija?

–Hace treinta y siete años, padre.

–¿Cómo?

–Cuando tenía diez años e iba a hacer mi primera comunión el sacerdote que me confesó me hizo comentarios y preguntas indebidas, que aunque no entendí del todo en ese momento ofendieron mi pudor y me asustaron.

–¿Qué fue lo que te dijo?

–Cuestiones relacionadas con mi cuerpo y con anhelos de contacto, absurdos en una niña de mi edad, tras haber oído que era la primera vez que me confesaba.

–Te debe haber tocado un sacerdote con poca experiencia.

–No lo creo, padre, era un gran conocedor que disfrutaba lo que hacía.

–A ver, dime exactamente qué te dijo y también lo que sentiste.

–Mejor le digo que hice bien en mantenerme alejada treinta y siete años de los confesionarios, como lo haré el resto de mi vida.

 
Fotos: © Barry Domínguez

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